martes 24 de febrero de 2009

Rescate en las Alturas

Las acontecimientos de público conocimiento ocurridos esta temporada en el Aconcagua me han llevado a reflexionar en mi carácter de montañista amateur apelando a mis conocimientos sobre seguridad industrial.

En un rescate lo primero es la seguridad de los rescatistas. Nada se gana aumentando el número de víctimas. Los actos heroicos espectaculares están reservados a la ficción. La heroicidad del rescatistas pasa desapercibida, está dada por el solo hecho de acudir a un rescate.

Por sobre los 5500 metros de altura no hay poblaciones permanentes en ninguna parte del mundo. ¿Saben porqué? Simplemente porque a partir de allí el cuerpo humano deja de adaptarse y cada minuto que se permanece a mayor altura produce un desgaste que no se recupera. Es como ir muriendo lentamente.

La energía que se gasta ya no se recupera. Es como el piloto que vuela hacia alta mar, debe contar suficiente combustible como para regresar. Si pasa de ese punto, el punto de no retorno, ya no podrá volver. Lo mismo ocurre en la altura, y por eso la mayoría de los accidentes y de las muertes ocurren al regreso, después de haber “conquistado” esa cumbre soñada. Se gastó toda la energía en llegar, ya no hay para volver.

Y el rescatista no solo debe ir y volver. Además debe usar su energía para ayudar al rescatado a regresar. Ese rescatado que se encuentra herido, deshidratado, hambriento, sin energías, sin voluntad. Y es fundamental que el rescatista pueda medir cuanta energía le queda para no pasar del punto de no retorno y convertirse en víctima.

Pero a diferencia de los aviones, las personas no tienen un indicador de nivel de combustible. Y su combustible no es solo material, es también espiritual. Por eso es tan difícil saber cuando retirarse e incluso parece poco razonable dejar librada a una persona o un grupo de personas la decisión final sobre si regresar o continuar insistiendo, cuando esas personas están ellas mismas sujetas a un riesgo tremendo, a un peligro mortal.

En primeros auxilios nos enseñan la técnica de RCP. En ambientes urbanos, normales, el protocolo establece que cuando un socorrista comienza a hacer el RCP lo sigue haciendo hasta que queda agotado, es relevado o un médico dictamina lo contrario. En ambientes agrestes (definidos como aquellos lugares donde el centro médico más cercano se encuentra a 2 horas o más de camino) el protocolo establece que el RCP se detiene a los 30 minutos de haber comenzado, si es que no se ha logrado en ese lapso reestablecer el funcionamiento cardíaco.

Algo similar debería haber para los rescates. Protocolos que indiquen hasta que punto los rescatistas están obligados y pasado ese punto liberarlos de cualquier cargo.

Claro que en la Naturaleza es difícil establecer estos extremos, pero creo que es imperativo que los especialistas de las distintas ramas se reúnan y los establezcan. Pensemos y organicemos a nivel del mar para no dejar solos a los héroes que rescatan en las alturas.

JIR